
Sigo cometiendo blasfemias a lo incorpóreo. Estoy, cuando escribo estas líneas pensando que en realidad lo único que estoy haciendo es relatar un cuento perdido y amarillento en algún anaquel de mi memoria. Que algunas noches se le ocurre a salir a deambular como un mendigo, agarrado del brazo con mi ser etéreo.
Ya no resisto la tentación de trascribir sueños. Pero si hay alguna palabra en estos párrafos que le agraden, no me lo agradezcan a mí. Sino a ellas las palabras y los sonidos que componen estos paisajes ciclópeos y tiznados por luces vivas.
Soñé una música antigua. Una balada, que venía a mí en forma de serpiente enrollándose en una parra, silbando estrofas a mi oído. Cada palabra una imagen, cada destino una gemido y una muerte. Cruel destino de esa balada, que relataba las andanzas de un noble caballero.
Edad Media. Paisaje estilo Tierra Santa. LA balada cuenta la historia de un caballero al servicio de un señor o Rey (como siempre los detalles se me escapan…los agujeros de mi red no son tan pequeños). Se disponía a enfrentarse en batalla, para luchar a favor del os que él creía la verdad y la justicia. Noble caballero de barba larga, símbolo de sabiduría, ya con algunas canas.
Sus guerreros son tan justos como él. Valientes gallardos…jóvenes y eternos. Se enfrentan con un ejército siempre en las sombra o por lo menos se me hez borroso verlos. El noble seños se ve envuelto en una carnicería, en una vorágine de sangre y acero...perdiendo los sentidos dejándose llevar por la faena.
De dicho asalto obtiene una gran herida en su ojo, como una rasgadura en su frente. LA sangre lo tiñe y por un momento es rubí, por un momento es escarlata en un mar negro de gritos. La batalla está perdida. La nube oscura, con rastros violáceos envuelve a los eternos héroes del caballero y se los lleva a sus dominios. El señor es el único sobreviviente.
Decide volver a su campamento, con sus mínimas fuerzas. Y allí presencia un acto canibalesco. LA balada relata como en el campamento del señor, cientos de enemigos arman una gran orgia entre las mujeres que allí encontraban, matando a los demás. Más que esto, las mujeres parecían estar disfrutando de la faena, entregándose al captor, como dadiva impura, como sacrificio en gemidos y caricias. Entre ellas, la mujer del caballero. Frenética montando a uno de sus captores, mientras afuera se desarrollaba una carnicería tiñendo toda la escena y la música de la balada en rojo. Siempre rojo, con algún tono de verde.
Aturdido decide pues, hacer un último acto de grandeza e ir a defender el castillo de su señor. Su rey su amo...su destino.
Fue terrible la visión que se nos presenta al llegar al lugar. Una montaña gigantesca, amarilla como los campos de trigo, con un gran castillo en su cima. Sobre el camino que llevaba a este la serpiente conformada por millones de lanzas espadas y muerte escalaba, reptaba hacia dicha fortaleza. EL caballero vio en lo alto humo…luego fuego.
Desesperado sube para tratar de hacer algo. No sé qué metamorfosis sufre en el ascenso, pero pierde su gallardía, su nobleza. Se contagia de los vapores mohosos de su enemigo y comienza a ser ruin. Llega hasta las escalinatas del castillo para presenciar el acabose de los últimos soldados defensores faltantes. No los ayuda, hasta podría decir que empieza a tener una curiosidad macabra al ver los miembros seccionados de sus compañeros. Quiere huir, ya no quiere morir.
Cubre su cara desfigurada con una máscara que encuentra (no me pregunten donde...yo no invente esto). Al terminar la batalla se escapa del lugar, escapa de su suerte y escapa también de él mismo. Pasa a llamarse “el Caballero Cara de Hierro”.
De el se dice que vagaba por reinados, que era impávido e indolente. La balada, en voz de historiadores en este punto, menciona episodios de violencia en una determinada fecha en un determinado lugar. Las leyendas se pierden, la música acalla.
La balada prosigue en otro tiempo, en otro lugar. Se nos presenta un ambiente rural, con algunos toques de suburbio. Si me apuraran diría que es una locación del estilo de “desierto norteamericano”, donde siempre hay mucho sol, muchas moscas y autos viejos.
Si dije autos, porque aparezco ya en este siglo, con la música de la balada todavía con las últimas vibraciones del verso anterior. Se nos presenta un señor delgado de pelo corto. Usa sombrero y anteojos. Es el noble caballero, ennegrecido por el paso de siglos, pero todavía altivo, todavía con un dejo de nobleza.
Se ha vuelto a casar. Dice que es herrero. Tiene una casa con galería, para cuando hace calor por las noches poder estar ahí. Hay algo en su mirada que inquieta, algo que no se mantiene quieto, que repta, que salta…que araña.
En un momento se me presenta una escena. El noble su señora, y una pareja de amigos, cenando afuera, en la galería. Riendo, se les nota la falsedad a todos. Sobre todo al caballero, su risa es despreciable, no por el tono sino porque por la mirada que en ella proyecta. Dirigida al otro hombre, un ser gordo, hecho de grasa, vestido con una musculosa roída y olorosa, que no podía reírse sin tragar su comida.
La balada no se detiene, pero aminora su marcha, parece acallarse. Es una parte lenta donde el sonido impoluto se pierde entre las paredes oscuras del living de la casa, iluminado por los rayos que escapan de un viejo televisor encendido, que nadie ve. La música deja paso a los gemidos de mujer, de la mujer de nuestro noble, gozando de las caricias de la bola de pus que era el otro hombre. La mujer de este último también acompañaba, solitaria masturbándose en un sillón.
Golpe frenético del laúd o guitarra. Entra nuestro personaje a escena. Se hace silencio. Lo invitan a unirse, el se niega con una mirada altiva desdeñosa. Lo insultan y se burlan de él. En ese instante, nuestro noble deja caer su máscara, que ya no es de hierro, sino que es una cara de carne y hueso. Deja ver un espectro, una sombra oscura con rastros violáceos, que agarra un hacha y se dirige al living. La música retoma en un grito en un sonido metálico…y luego una lluvia de incesantes arpegios rápidos y fulgurantes, de rock, trasladándome infinitamente a una distancia ya conocida.
Al terminar la tormenta, la febril onda, nuestro Noble, despojado de toda humanidad y decencia, con su mirada reptante y venenosa, sin su máscara camina por las calles de mi antiguo barrio Villa Dominico. Se para en Cordero y El Salvador. Mira hacia Belgrano.
La balada en este punto termina, (o no la escucho mas…quizás siga eternamente). Lo siguiente que escucho antes de despertar es más o menos esto, ya sin música.
“Oh tu poderoso señor, Matasteis a los inocentes y te pusisteis una máscara, matasteis a los viles y la dejaste caer. Ya no sabes que llevas, ya no sabes tu rostro. ¡Oh señor! Todos llevamos mascaras, y tú que llevabas dos las has perdido. Ahora las andas buscado ¡Oh señor!”
Despierto. Pero me despierto de buen humor, el día esta soleado y voy a comer el desayuno con ganas. Sé donde estoy, y que tengo que hacer y lo hago sin prisa, tomándome mi tiempo.
Del placar saco mi mascara de los domingos, me la pongo y me dispongo a salir a la calle.
Imagen: Dibujo obtenido del blog "http://tabla-redonda.blogspot.com/2010/01/raices-historicas-de-la-heraldica.html"
