
Es de noche. Y podría decirse que estoy solo. Mi perro se fue a dormir, sin mediar palabra bostezando que ya era demasiado viejo para andar meando afuera con tanto fresquete.
Podría decirse que estoy solo. A esta hora en este particular momento de la madrugada. Pero no. Un particular pinchazo en mi muela me está molestando. No matando, no desesperando, pero si molestando. Toda una vida de dientes de porcelana y de salud dental tirados a la basura.
Por un momento pensé que el dolor, como algunas expresiones de pensamiento afirman, me haría ver visiones calidoscópicas, o al menos inducirme a la creación. Mentira, y una vil mentira. De hecho no puedo creer que este escribiendo esto y que no pare para irme a dormir de una buena vez.
Y mis huesos sienten frio. Me duele mi boca, pero resalto el hecho de que yo tengo frio. Y me gusta tener frio. Me enaltece, me excita me reverberan en los hilo de mi memoria. En pequeños, minúsculos espacios del aire frio se escribe el pasado. Los huesos los sienten y a su manera lo cuentan.
Había frio en las aulas de mi facultad, de la planta baja. No había estufa, no había gas. El fuego ni siquiera se había inventado. EL ingeniero K. aparece caminando por un largo pasillo oscuro, tirando de su maletín, arrastrándolo por el piso. Un hombre pequeño, encogido por los años y la mala alimentación, arrastrando su destino encerrado en su maletín. Pasos pesados, como no queriendo llegar al aula a dar clases, como queriendo volver a ser alumno. Para gritar, para rebelarse y salir en pelotas a la calle. El ingeniero K. Entra, saluda y empieza la teórica.
Yo me rebelo, grito y salgo en pelotas a la calle. Y muero de neumonía. O mejor me despierto, que sino; no entiendo nada.
Hacia frio, en la parada del 24. Seis de la mañana, noche todavía negra, de un día cualquiera de Mayo. Mecánicamente subo al colectivo. Me puedo sentar, a veces. EM detengo en la ventanilla vaporizada al ver a la ciudad despertar, quitándose la escarcha. Prestaba la atención a los ruidos que nacían, como pequeños bostezos, de las maquinas, de los animales, de la vida misma. EL único refugio para tanto hielo invisible era ese colectivo que lentamente avanzaba por las calles de Buenos Aires. Me hundía en ese sueño sin sueño de los pasajeros mañaneros. Me despierto en Sarmiento y Yatay. Hay que bajar.
En la calle soy uno con el viento frio. Penetra por mi carne y taladra mis huesos con sus uñas. Y camino guiado por sus brazos, en silencio, tratando de crearme otro mundo exhalando vaho de mi boca. Pero no hay otro mundo, solamente hay veredas mojadas, ya que los porteros, sacerdotes del viento matutino, brindan como sacrificios a los muertos de hipotermia de sus baldazos de agua fría.
Y El frio andaba cerca algún mediodía en que me llevaron a la calesita del viaducto. Aquella a la que según dicen, un hombre forzudo llamado “el Rota” hacia girar desde las profundidades de la tierra. Cerca de las bases mismas del viaducto, a pocos metros del centro de la Tierra.
Pero el Rota ya se quedo sin trabajo y la verdad no se qué paso con él. La calesita fue desmantelada y ya sus caballos fueron liberados, quizás para que sirvan para tirar algún carro de botelleros.
Quizás el Rota ande ahora por la ciudad, anhelando el cálido lugar en el que estaba cerca del fuego maternal del manto terrestre. Quizás el frio lo sorprenda en la cola de algún lugar esperando ser contratado. O tal vez nunca Salió de su hueco y se quedo ahí para siempre hundido, y solo, girando una rueda invisible para los chicos que ya se fueron.
Y hace frio ahora, y mi muela me sigue molestando. No entiende ni de ingenieros, ni de porteros, ni de calesitas. Quizás si pudiera sentarla en algunos de esos caballitos de la calesita del Rota, me deje un poco de molestar y se entretenga tratando de sacar la sortija.
Ilustracion: de la pagina http://photos.igougo.com
