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lunes, 9 de febrero de 2015

Un punto intermedio

La hora del té. Albert Lynch (S. XIX. Perú)


Últimamente entro cada vez menos a esta cueva a la que he alguna vez decidí llamar escape.  Fueron las últimas veces en que invite a fantasmas recientes y viejos a que tomaran él te conmigo, las que me llevaron a cerrar la  puerta y ponerle candado. Se convirtió así en una especie de monumento funerario en los que los muertos eran recordados, y homenajeados. Las palabras como flores resplandecían los primeros días y luego se marchitaban con el paso del tiempo.

Nunca creí que me iba a comportar como un deudo de caricatura, mi pésame liviano a alguien que merecía más, solamente para sentirme abrigado con esa falsa promesa de la tarea cumplida. El miedo a la oscuridad, al frió, a lo blanquecino me dispara en cualquier dirección y solo soy un egoísta tratando de huir de un campo santo.

Y resulta curioso que luego convierta este espacio en una especie de cementerio, al que solamente yo visito; una especie de enterrador, sacerdote y visitante. Solo unas palabras al viento y nada más. Un recuerdo vago en los millones de bits que pululan, un grano de arena tirado al mar. Y después...un dulce olvido

Y en horas muertas como esta, que también aquí tienen su tumba pero sin nombre, me he decidió romper los candados. Una metamorfosis espacial, pseudo-emocional, abrir esta cueva nuevamente para que recuerdos, palabras, sensaciones….personas de todas las épocas y momentos de mi vida se mezclen y jueguen aquí.  Tratar de dejar de ser el clavel que se deja en una fría mañana de Junio.


Y aun ahora me es difícil sacar el óxido de la vajilla, el moho de las mesa. Me olvide como zurcir los manteles que las polillas devoraron y todavía me falta por limpiar las ventanas. Es mucho trabajo, de a poco pienso ir haciéndolo. Para que a la hora del té nos juntemos todos, en un punto intermedio del tiempo, entre la cordura y el sueño.


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