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| La hora del té. Albert Lynch (S. XIX. Perú) |
Últimamente entro cada vez menos
a esta cueva a la que he alguna vez decidí llamar escape. Fueron las últimas veces en que invite a
fantasmas recientes y viejos a que tomaran él te conmigo, las que me llevaron a
cerrar la puerta y ponerle candado. Se
convirtió así en una especie de monumento funerario en los que los muertos eran
recordados, y homenajeados. Las palabras como flores resplandecían los primeros
días y luego se marchitaban con el paso del tiempo.
Nunca creí que me iba a comportar
como un deudo de caricatura, mi pésame liviano a alguien que merecía más, solamente
para sentirme abrigado con esa falsa promesa de la tarea cumplida. El miedo a
la oscuridad, al frió, a lo blanquecino me dispara en cualquier dirección y
solo soy un egoísta tratando de huir de un campo santo.
Y resulta curioso que luego
convierta este espacio en una especie de cementerio, al que solamente yo visito;
una especie de enterrador, sacerdote y visitante. Solo unas palabras al viento
y nada más. Un recuerdo vago en los millones de bits que pululan, un grano de
arena tirado al mar. Y después...un dulce olvido
Y en horas muertas como esta, que
también aquí tienen su tumba pero sin nombre, me he decidió romper los
candados. Una metamorfosis espacial, pseudo-emocional, abrir esta cueva
nuevamente para que recuerdos, palabras, sensaciones….personas de todas las épocas
y momentos de mi vida se mezclen y jueguen aquí. Tratar de dejar de ser el clavel que se deja
en una fría mañana de Junio.
Y aun ahora me es difícil sacar
el óxido de la vajilla, el moho de las mesa. Me olvide como zurcir los manteles
que las polillas devoraron y todavía me falta por limpiar las ventanas. Es
mucho trabajo, de a poco pienso ir haciéndolo. Para que a la hora del té nos
juntemos todos, en un punto intermedio del tiempo, entre la cordura y el sueño.

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